Estudios y publicaciones

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Estudios y publicaciones sobre las afecciones por los vertederos e incineradoras.Acumulación de dioxinas en residentes cercanos a las incineradoras
Incidencia de cáncer cerca de las incineradoras de residuos sólidos urbanos en Gran Bretaña
Incidencia de cáncer entre las personas que viven cerca del vertedero municipal de residuos sólidos en Montreal, Québec.

Entrevista al Dr Eduard Rodríguez Farré

Entrevista al Dr Eduard Rodríguez Farré a l’Hospital Comarcal de Vilafranca del Penedes

https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=StvcusDajGw

Eduar Rodríguez Farré médico y jefe del departamento de Farmacología y Toxicología del Instituto de Investigaciones del CSIC de Barcelona y experto en neurotoxicología

 

Traducción al castellano del informe elaborado por el Instituto de Salud Carlos III sobre La mortalidad por cáncer en ciudades situadas en las proximidades de incineradoras‏ y de instalaciones para la recuperación o eliminación de residuos peligrosos, chatarra reciclada y vehiculos para desguace.

https://docs.google.com/file/d/0B84dmCvXKSseT2pLb1k1akRxMWc/edit

https://docs.google.com/file/d/0B84dmCvXKSseZVNiRFk4NHp6b0k/edit

https://docs.google.com/file/d/0B84dmCvXKSsebDNPdmtqYkw0T2s/edit

https://docs.google.com/file/d/0B84dmCvXKSseX1hfd3VQUDdJMmM/edit

¿Tú comerías insecticida?

Leer El mundo según Monsanto (Península), la investigación de Robin, pone los pelos de punta. ¿Exagera Robin?
Ella presenta el mundo como campo de batalla entre quien aspira a dominar los cultivos de la humanidad en su provecho –la multinacional Monsanto– y quienes se desviven por desbaratar los riesgos de ese escenario.
Ella magnifica esos riesgos, y la industria agroquímica los minimiza.
Monsanto no puede quejarse: el año pasado facturó 8.600 millones de dólares (120 en España) en productos fitosanitarios y semillas genéticamente modificadas.
Bravo por sus 17.500 empleados en 46 países, y ojalá no sea a costa de la salud de nadie. TV3 emitirá este año un reportaje facturado por Robin.

Descargar toda la entrevista (PDF): LVG200902200641LB

Los pacientes de sensibilidad química reclaman poder ser atendidos en la sanidad pública

ENTREVISTA A CARMEN GÓMEZ DE BONILLA
“Un médico me dijo que mi enfermedad no interesaba”

Carmen Gómez de Bonilla, (54 años, Barcelona) sufrió una intoxicación en su trabajo hace más de una década. Fumigaban por las noches sin que ella ni sus compañeros lo supieran. Desde entonces sufre fatiga crónica, fibromialgia, las tiroides le funcionan mal, tiene dos piedras en la vesícula, diabetes, pérdida de memoria, falta de coordinación y hace algo más de dos años superó un cáncer de matriz………

Publicado en La Vanguardia: http://www.lavanguardia.es/lv24h/20081022/53563963151.html

Cerco a las sustancias tóxicas persistentes


SUBSTANCIAS TOXICAS
Cerco a las sustancias tóxicas persistentes

El Gobierno prepara un plan nacional para aplicar las disposiciones del Convenio de
 Estocolmo
MIQUEL PORTA 30/01/2007

El Consejo de Ministros aprobará próximamente el plan para poner en práctica el Convenio
de Estocolmo sobre contaminantes tóxicos persistentes (CTP). La medida tiene una gran
trascendencia, pues nunca en España se había elaborado un plan con un impacto potencial
tan fuerte sobre la salud pública y el medio ambiente. El Plan Nacional de Aplicación
(PNA) llega a puerto en gran medida gracias al liderazgo de la ministra Cristina Narbona
y los funcionarios del Ministerio de Medio Ambiente, que han logrado elaborarlo con la
participación de algunas comunidades autónomas y de diversas organizaciones sociales,
ambientales y científicas (www.mma.es). A pesar de algunas contradicciones, el plan es
exigente con todos.

Un proceso planetario y local
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Varios de los 12 tóxicos que se tratan de eliminar entraron en la cadena alimentaria
 hace 50 años
. El convenio exige que administraciones y empresas den información veraz.

Que los contaminantes persistentes desaparezcan de nuestras vidas es un reto tanto o más
 fabuloso que controlar el cambio climático, como pretende el Protocolo de Kioto, y nos
afecta muy directamente. En varios sentidos incluso los tenemos más cerca: los
 contaminantes persistentes se encuentran en muchos alimentos que ingerimos a diario, 
circulan por nuestra sangre y se almacenan en nuestro organismo.
Llegan hasta nuestro organismo a dosis generalmente bajas, fundamentalmente a través de 
las partes más grasas de los alimentos. Es relativamente frecuente que la leche y la
 mantequilla, los huevos, el pescado y la carne contengan residuos de CTP. El problema 
atañe también a la grasa animal que se reutiliza para producir un sinfín de productos 
para consumo humano y animal. Más del 90% de las dioxinas entran en el cuerpo humano a
través de los alimentos. Por tanto, estamos también ante una importante cuestión de
 seguridad alimentaria.
Los CTP se conocen asimismo como contaminantes orgánicos persistentes (COP o pops, según 
sus siglas en inglés). Son enormemente resistentes a la degradación: sus tiempos de vida 
media superan a menudo los 10 y los 30 años. El tiempo de vida media no es el tiempo que
 como media tarda en desaparecer una sustancia, sino el tiempo que su concentración tarda 
en pasar a la mitad, una vez que la exposición a ella cesa. Así, si ahora dejásemos de 
estar expuestos a contaminantes como el hexaclorobenceno, el lindano, el DDT, los 
policlorobifenilos (PCB) y las dioxinas, nuestras concentraciones de estas sustancias
 corporales serían la mitad de las actuales hacia 2017 o 2037. Calcule el lector la edad
 que tendrá entonces, si le apetece. Si es usted mujer y mientras tanto tiene un hijo,
 seguro que él heredará una parte de sus CTP.
Pero de momento nuestra exposición a esos contaminantes continúa cada día. Son hechos
 cuyos significados apenas hemos evaluado, en parte porque las humanidades y las ciencias sociales casi no se han enterado; pero el plan nacional puede ayudar a integrar esas 
diversas racionalidades.
El caso es que si la utopía asequible del Convenio de Estocolmo -la eliminación de los
 contaminantes persistentes- se cumpliese mañana, la impregnación corporal por CTP no
 desaparecería hasta dentro de dos o tres generaciones. Sólo los ciudadanos del siglo XXI 
hemos tenido que lidiar con procesos químicos cuyos efectos traspasan literalmente -por
razones fisicoquímicas y económicas- varias generaciones. Procesos parecidos, en este 
sentido, a los que plantea el cambio climático o la tecnología nuclear.
Varios de los 12 contaminantes que se propone eliminar el Convenio de Estocolmo entraron 
de forma generalizada en la cadena alimentaria hace más de 50 años. Expulsarlos de ella 
es tarea a la que el PNA quiere ayudar. Quizá lo más preocupante sea la persistencia de contaminantes tóxicos persistentes en lo que comen los animales (llamémoslo piensos).
Aunque generalmente no tengan gusto ni olor, aunque sean tan invisibles en algunos 
medios de comunicación, aunque se encuentren en concentraciones tan bajas en el
 imaginario colectivo, los contaminantes tóxicos persistentes constituyen un riesgo real
 para la salud humana y el medio ambiente. Con productos altamente tóxicos están mermando 
nuestra calidad de vida: contribuyen a causar efectos como infertilidad y malformaciones 
congénitas, trastornos del aprendizaje, hipotiroidismo y otras enfermedades endocrinas, 
inmunodepresión, alergias y sus trastornos asociados, síndromes de fatiga crónica y de 
hipersensibilidad química, alteraciones epigenéticas y cambios en la expresión génica,
 promoción de cánceres, diabetes o algunas de las enfermedades mal llamadas degenerativas 
(Parkinson, Alzheimer).
Hay bastantes incógnitas sobre lo que ha ocurrido en el pasado. En los pacientes con
 cáncer de páncreas, por ejemplo, se observa una correlación muy alta entre las
 concentraciones sanguíneas de hexaclorobenceno y de beta-hexaclorociclohexano (ambos
incluidos en el Convenio de Estocolmo); correlaciones parecidas se han observado también 
en Canadá, Suecia y Japón. No se sabe bien por qué, pero hay investigaciones en marcha.
 En Valencia, Granada, Menorca, Asturias, País Vasco, Madrid, Cataluña… La aplicación 
del Convenio de Estocolmo hará todavía más patente la utilidad de esos estudios.
A pesar de las múltiples incertidumbres científicas y lagunas sobre sus mecanismos de
 acción, muchos médicos valoramos los conocimientos disponibles así: los contaminantes 
tóxicos persistentes contribuyen a causar una parte significativa de la carga de 
enfermedad que nuestras sociedades sufren. Aquí actúan precisamente cuatro de los 
objetivos más ambiciosos del plan nacional que se va a aprobar: diagnosticar con rigor 
el grado de contaminación de la población general y sus fuentes, generar conocimiento
 sobre los CTP que sea científicamente válido y socialmente útil, abrir vías de 
información y participación ciudadana, y potenciar las políticas públicas y privadas que 
mejor nos protejan de los tóxicos.
El plan nacional subraya que para ello son esenciales políticas transversales (la cooperación entre Agricultura y Sanidad, por ejemplo). Como dice la ONU, es necesario 
poner “salud y medio ambiente en todas las políticas”. La información que el Convenio de 
Estocolmo exige recoger y las medidas que propone aplicar es previsible que encuentren 
resistencias como la que encuentra el Protocolo de Kioto. Así ha ocurrido y ocurre en
 muchos procesos que afectan a las formas de producción o de organización social: la
 regulación del uso del coche, del tabaco o del amianto, la prevención de la 
siniestralidad laboral, la promoción de la calidad del aire, la lucha contra la
 degradación urbanística… Son asuntos, todos ellos, con los que muchos ciudadanos 
suelen medir si una administración es realmente progresista. Y son cuestiones que exigen 
un planteamiento transversal, tanto por parte de la Administración central como de la autonómica, cosa que no siempre ocurre. La aplicación del convenio deberá impedir
 algunas situaciones paradójicas y hasta fraudulentas que ahora se producen; por ejemplo que se subvencionen con fondos públicos cosechas de productos agrícolas en los que s 
han utilizado pesticidas prohibidos, atentando al mismo tiempo contra la salud pública  
el medio ambiente.

Miquel Porta es investigador del Instituto Municipal de Investigación Médica de 
Barcelona (IMIM-PRBB) y catedrático de Salud Pública en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Un proceso planetario y local
La contaminación por compuestos persistentes es un proceso multidimensional a la vez planetario y local. El ciudadano puede organizarse para hacer cosas útiles y la
 Administración local, también. Pero ¿y lo global? A finales de la década de 1990, los organismos de Naciones Unidas dieron nuevos pasos para controlar los tóxicos, tanto 
planetariamente como incentivando políticas regionales y locales.
El esfuerzo más ambicioso política, económica y culturalmente es el Convenio de 
Estocolmo: su objetivo es proteger la salud humana y el medio ambiente frente a los 
contaminantes tóxicos persistentes, eliminándolos o, cuando esto no sea posible, 
reduciendo su presencia (www.pops.int).
La reunión diplomática para la firma de este convenio tuvo lugar en mayo de 2001 en
 Estocolmo (véase EL PAÍS de 15 de enero de 2002). Hoy lo han firmado 136 países, entre
ellos, España y toda la Unión Europea. El propio convenio exige presentar un plan de
 aplicación al país que lo firma. El convenio entró en vigor el 17 de mayo de 2004 y su 
texto recuerda que país somos todos: desde el Gobierno central, los de las comunidades
 autónomas y los ayuntamientos, hasta las organizaciones ciudadanas. El convenio incluye
 mecanismos para detectar incumplimientos y para prohibir nuevas sustancias peligrosas.
Tratados internacionales como el de Estocolmo son formas de construir democracia en el
 siglo XXI y se postulan como herramientas globales y locales para que la ciudadanía 
ejerza su derecho a la información, a la salud pública y a unos alimentos no
 contaminados.

http://www.elpais.com:80/articulo/salud/Cerco/sustancias/toxicas/persistentes/elpepusoc/20070130elpepisal_1/Tes